ESCULTURAS PARA METERSE DENTRO
-Vextuarios-1985/1990
Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
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Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
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Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
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Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
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Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
ESCULTURAS PARA METERSE DENTRO
-Vextuarios-1985/1990
Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
ESCULTURAS PARA METERSE DENTRO
-Vextuarios-1985/1990
Entre 1985 y 1990, Fernando Valeiras y Mariana Alonso de Cáceres desarrollaron Track, una firma de vestuario que desbordó los límites de la moda para situarse en el territorio de la creación artística.
Cada colección nacía de una investigación sobre los materiales. Retales de cuero, descartados por la industria, se recomponían mediante costuras visibles hasta formar nuevas superficies donde la fragmentación se convertía en lenguaje. La piel conservaba su elegancia, pero adquiría la crudeza y la libertad propias de la estética punk.
Junto al cuero aparecían materiales ajenos a la moda. La tela de saco, asociada tradicionalmente al ámbito rural gallego, era despojada de su función utilitaria para convertirse en un tejido contemporáneo. Del mismo modo, la estopa utilizada para limpiar motores se transformaba en un nuevo material textil al que denominaron Piel de Garaje, una superficie áspera y expresiva que pasó a formar parte de numerosas prendas de la marca.
Track no perseguía el lujo entendido como exclusividad material, sino la capacidad de transformar aquello que parecía carecer de valor. Cada prenda era el resultado de un proceso de experimentación donde lo industrial, lo rural y lo artesanal convivían sin jerarquías.
Las colecciones comenzaron a recorrer las nuevas ferias de diseño independiente que surgían en España durante la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, el verdadero espacio expositivo no terminaba en la ropa. Los puestos de Track incorporaban pinturas, instalaciones y objetos realizados por Fernando Valeiras, convirtiendo cada feria en una experiencia estética donde la pintura impregnaba la atmósfera de las prendas y establecía un diálogo continuo entre arte, diseño y espacio.
Track fue una posición cultural. Su lenguaje combinaba la energía del punk con una profunda raíz vernácula, demostrando que la innovación podía surgir tanto de los materiales industriales como de aquellos vinculados a la memoria rural gallega.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
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El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
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En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
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Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
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Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
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En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
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En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
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Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
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En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
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Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
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En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
La emoción como patología-Castillo de Soutomaior-1998
En 1998, Fernando Valeiras presentó una exposición de pintura en el Castillo de Soutomaior, un espacio donde la fuerza del patrimonio histórico se encontró con una pintura radicalmente contemporánea.
El catálogo de la muestra, con un texto de Simón Abrentes, definía su obra a partir de una imagen especialmente reveladora: la emoción como una patología sintomáticamente álgica. Lejos de entender la emoción como un sentimiento amable o complaciente, Valeiras la concebía como una experiencia que atraviesa el cuerpo y deja huella, una tensión que exige ser materializada mediante la pintura.
Su lenguaje plástico rechaza el ornamento y cualquier búsqueda de belleza convencional. El color, la materia y la deformación de la figura humana se convierten en instrumentos para hacer visible aquello que normalmente permanece oculto: el conflicto, la vulnerabilidad, el deseo, la identidad o el dolor. Sus personajes aparecen despojados de toda idealización, convertidos en presencias intensas que interpelan directamente al espectador.
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio
A mediados de los años noventa, cuando el sida marcaba profundamente a Galicia y de forma muy trascendente su contexto familiar, Fernando Valeiras presentó en la Sala Dos Peiraos (Praza da Constitución, Vigo) la exposición Psicogramas.
La obra partía de un soporte profundamente real: radiografías de pulmones afectados por tuberculosis, enfermedad que acompañó a muchos pacientes en los primeros años del VIH. Sobre esas imágenes clínicas, Fernando intervenía con pintura, transformando el diagnóstico médico en un espacio de creación y reflexión.
En el centro de la sala, una instalación de patatas , tubérculos en proceso de germinación, crecía durante toda la exposición. Frente a las radiografías de la enfermedad, la materia vegetal insistía en abrirse paso. La vida y la muerte convivían en un mismo espacio